Camilo, las flores y la vigilia
M.Sc. Miguel
A. Gaínza Chacón

Así ha ocurrido a lo largo de 54 años, pues desde el mismo
instante en que el Héroe de Yaguajay desapareció en el mar, alguien lanzó una
flor a las aguas para anunciar que Camilo jamás morirá.
Solo 27 años tenía el Señor de la Vanguardia cuando entró en
la eternidad, pero su valor, en ocasiones hasta temerario, hizo que el pueblo
le otorgara la distinción de Héroe. Entonces, desde aquel fatídico 28 de
octubre de 1959, la figura de Camilo Cienfuegos no ha dejado de crecer.
En mi época infantil, cada día 28 del décimo mes del año,
los muchachos pugnábamos por ver cuál llevaba hasta la bahía de Santiago de
Cuba, la flor más hermosa. Sin embargo no fue el de la flor el detalle que más
se grabó en mi mente. Fue la vigilia.
Cuando voló la noticia que Camilo no aparecía, y era buscado
por mar y tierra, en el barrio donde yo vivía ocurrió algo tan espontáneo, tan
hermoso… tan inolvidable: las personas apenas regresaban a sus hogares. Quienes
tenían radio, que no eran muchos, se encargaban de ir ofreciendo los partes:
“Fidel está al frente de la búsqueda”, “Hay cuadrillas de
hombres metidas en los montes, y por las playas…”, “Lo están buscando barcos y
aviones”.
La ansiedad era evidente. Miles de velas fueron encendidas
en los modestos altares de las casas. No recuerdo nunca más, haber visto una
manifestación así de cariño hacia una figura. Sería interminable enumerar las
promesas hechas a la Virgen de la Caridad. De mi memoria jamás se han borrado
aquellas imágenes de la explosión de alegría entre hombres de mar y gente muy
pobre, ante la noticia falsa: ¡Apareció Camilo! Luego la decepción frente a la
verdad dolorosa. Y de nuevo la vigilia noche y día, de madrugada.
La gente sacó balances, sillas; del local de la Sociedad de
Pescadores, en la calle Los Tejadas, a poca distancia de la orilla de la bahía,
pusieron bancos en la acera, y también las mesas de jugar dominó, para colocar sobre
estas los termos con café para pasar la noche. Así en una cuadra, y en otra. Casi
nadie dormía.
Los más pequeños estábamos asombrados por tantas personas
sentadas en las aceras, moviéndose de un lado a otro; comentando sobre la
búsqueda. Hasta que habló Fidel y la realidad hizo llorar a la mayoría: hombres
y mujeres. Los niños solo entendíamos que debía ser algo muy malo lo que estaba
pasando, porque siempre oímos a los mayores:
“No llores, que los hombres no lloran”. Pero ahí estaban
llorando esos hombres recios con manos callosas, que los remos y los cordeles
habían endurecido como el acero. Entonces entendimos la verdad: La leyenda de
la que tanto oíamos hablar durante la guerra; el barbudo rebelde del sombrero
de vaquero… el que salía siempre sonriendo en los periódicos y en la Bohemia ya
no estaría más entre nosotros.
De aquellas jornadas de vigilia también se cumplen 54 años y
más de medio siglo después se consolida la otra verdad: la eternidad acogió a
Camilo pero el pueblo jamás lo dejó morir.